Sueños
Foto: Edgardo Diotto.
“Porque después de todo he comprendido, que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado” Extracto de F.L.Bernárdez en el libro del Dr. Roberto Marelli “Estudiantes de La Plata Campeón Intercontinental”
“Qué placer verte otra vez nos decimos sin hablar, hoy todo vuelve a empezar y será lo que ya fue” Antes y Después – Ciro y Los Persas
Al fondo se intuye, borroso, el perfume de los eucaliptos, como cuando la memoria busca indagar tras el cristal empañado del recuerdo de los días más felices y encuentra en blanco y negro imágenes y más que aquellas, sonidos, olores y sabores en una suerte de vestigio de una animalidad mejor, cuando escuchamos la tierra, olemos el pasto y saboreamos los sonidos de chicos jugando con una pelota.
Al frente los sueños, siempre los sueños. Nítidos, vibrantes, jóvenes, el pulso vital de la persona, eso que nos mantiene vivos y nos impulsa hacia adelante, aquello que nos define. Uno cree que lleva sueños, que los antecede. Pero estos están ahí, nos atizan en silencio, para avivar su llama y llevarnos por los caminos del misterio de nuestro futuro. Conocer a la persona es conocer sus sueños. Sueños grandes hombres grandes, sueños mediocres hombres mediocres. No soñar significaría la muerte en vida, de allí eso de que los sueños nos preceden, o al menos, nacen con nosotros y luego se alimentan de nuestro devenir y de los que nos soñaron antes.
Quién sabe qué soñará ese chico mientras desafía el ojo del fotógrafo, qué sabores, olores o sonidos percibirá ahí arriba, en el calor y la seguridad de aquella que lo soñó primero.
Pronto comenzará a caminar, tal vez ya lo haga. Un paso, otro, tropezar y caer. Ahí estarán los padres, en ese momento la guía para levantarlo.
Luego llegarán los amigos, construirá su familia, la vida misma; qué camino elegirá, una incógnita, qué rumbos deberá tomar, un misterio.
Mañana agregará un poco más de humedad a ese cristal en su memoria. Quizá este no se empañe, tal vez no desfigure el blanco y negro de aquello que en realidad somos y que lucha, incesantemente, por salir nuevamente a la luz.
Si tenemos suerte, o más atinado sería decir éxito, o más aún si él mismo lo logra, ese niño podrá volar lejos, tan lejos como le permitan las alas de sus deseos, de esos sueños que están ahí, con él, desde que lo soñaron.
Como toda ave en un camino largo y agotador quizá se extravíe poco más o menos, o a veces, en el torbellino de la vida, la bandada deba ayudarlo, quedar atrás para que el abrigo del grupo le permita continuar su viaje repuesto, fuerte y alto.
Vendrá entonces el Otoño, con una dulce melancolía y más tarde el Invierno, crudo y brutal.
Tal vez nunca vuelva, no por rencor ni desamor, sólo porque la vida es así y sabemos que, a veces, el nido se construye en otro lado.
Acá, en la inmensa soledad de la pampa, se lo esperará con calma. Con la calma del que sabe hizo lo que tenía que hacer, su trabajo.
Pasarán días y tal vez años y el viento del norte soplará rumores de que nuestro pichón creció, susurros de hazañas y fama, de cumbres y abismos. Reiremos y lloraremos, sí, pero lo haremos solos, inevitablemente solos. Así es la vida. Así fue, es y será siempre. El invierno será largo y oscuro. El invierno debe existir, prepara a la planta para florecer más fuerte la siguiente temporada.
Pero un instante como otros, la Primavera llegará. Y en una de esas, quién te dice, una tarde cualquiera de un día que hubiese sido uno más, mientras tomamos un mate y pensamos en que ya estamos demasiado grandes para sorprendernos de nada y mientras la rutina implacable nos muestra su monstruosa cara y peinamos las canas de la costumbre, tal vez un viento cálido nos roce la mejilla y, mágicamente, ese chiquito ya tan crecido y ajado por el paso de los años que hasta creeremos por un momento no reconocerlo, vuele sin avisar al descanso de nuestra ventana, toque con suavidad el vidrio recién tibio por los rayos del sol con la ternura de los que aman y nos diga, simplemente, ¡hola!, así, sin más, para volver a revolucionarnos la vida, para volver a llevarnos al cenit de la alegría, como aquella vez cuando se abrió paso entre llantos al mundo.
Y en ese instante antes parecerá después y ayer será ahora, un momento donde todo vuelve donde era entonces.
Y allí intuirás, borroso, el perfume de los eucaliptos, como cuando la memoria busca indagar el cristal empañado del recuerdo de los días felices y encuentra blanco y negro, imágenes, y sonidos, y olores, y sabores, en una suerte de vestigio de una animalidad mejor. Y escucharemos la tierra, oleremos el pasto y saborearemos los sonidos de chicos a lo lejos jugando con una pelota.
Y al frente los sueños, siempre los sueños. Nítidos, vibrantes y jóvenes. Y volveremos a conmovernos, siempre, por la eternidad. Porque será verano, y seremos felices, inmensamente felices.
PD: Este niño cumple mañana 36 años de vida de los cuales la mitad –o más- los dedicó a nosotros. Nos ha hecho más dichosos de lo que siquiera soñamos. Gracias entonces a él y a los que lo soñaron por permitirnos soñar a nosotros también. Nos tomamos el atrevimiento de dar las gracias, a su vez, por ese padre de jóvenes 106 años, que fue incluso padre de su padre, por ayudarlo a caminar nuevamente erguido por el continente, rugiendo otra vez, Rey León. De corazón. Gracias Sebastián.